KM 2209, VIAREGGIO: “El Che me estaba esperando…”

“El Pelao, por supuesto, está en disposición de ponerse a mis órdenes y yo le propuse ser una especie de coordinador, tocando por ahora sólo a los grupos de Jozamy, Gelman y Stamponi y mandándome 5 hombres para que comiencen el entrenamiento (…) Se le dará 500 pesos para mandar y mil para moverse. Si aceptan, deben comenzar la acción exploratoria en el Norte argentino y mandarme un informe”.

Ernesto Guevara escribió esas frases el 21 de marzo de 1967 en Bolivia, desde donde comandaba su guerrilla y a donde lo matarían siete meses más tarde.

Para Alfredo Helman, sin embargo, las palabras tienen una consistencia tan maciza, perenne, que superan el paso del tiempo. Hoy, más de 50 años después, las puede recitar de corrido, como si fuesen poesía.

“Tocando por ahora sólo a los grupos de Jozamy, Gelman y Stamponi…”

Mientras el Che comandaba su guerrilla en Bolivia, Alfredo Helman se estaba entrenando militarmente en Cuba, y la opción de ir a ayudarlo se vislumbraba entre las posibilidades. Por eso, cuando, en 1968, leyendo el diario que legó el comandante argentino, se encontró con el apellido Gelman, lo asaltó la duda.

¿Gelman o Helman? ¿Y si el Che lo había escrito en forma incorrecta? ¿Y si en realidad era a él a quien estaban esperando en el altiplano?

Hoy, en su casa en Viareggio, Italia, a donde se exilió una vez que comenzó la dictadura en Argentina, tiene la certeza de que sí, de que él es quien aparece en las memorias del comandante. Primero fue el periodista Paco Ignacio Taibo  II el que divulgó su nombre y luego el mismo Ciro Bustos, el Pelao, quien lo confirmó en su libro “El che quiere verte”.

“Esta referencia en el diario del Che tiene para mì un alto valor moral. No son muchas las cosas que dejaré a mis dos hijos y a mis cuatro nietos. Y esto es un honor y un orgullo, que quedará como herencia”, me dice antes de empezar a contarme su historia.

Hijo de judíos lituanos emigrados a Argentina, Helman nació en 1935 y de chico se mudó a Alta Gracia, Córdoba, con su familia. En esos años, también un jovencito llamado Ernesto Guevara, siete años mayor, vivía en la misma localidad, escapando a sus crónicos problemas de asma.

Tras regresar a Buenos Aires, ingresó a la Federación Juvenil Comunista (“la Fede”) a los 12 años y desde entonces, por sus dotes de liderazgo y su compromiso sin límites con la causa, fue adquiriendo una preponderancia cada vez mayor en la organización.

Incluso, en los encuentros que las Juventudes Comunistas de todos los países organizaban alrededor del mundo, solventados por la URSS, él fue el elegido en un par de ocasiones para representar a la FJC nacional. Así es como, a lo largo de su militancia, conoció a algunos de los grandes líderes mundiales del período, como Mao Tse-tung, Zhou Enlai y Salvador Allende.

En su libro “El militante”, que se publicó en Italia pero no en Argentina, Helman de hecho recuerda otro ‘nombre histórico’ de aquellas giras juveniles por los países socialistas: “Nuestra acompañante durante los 10 dìas de nuestra visita a Alemania fue una chica llamada Tamara Bunke. Rubia y porteña, se habìa trasladado con su familia comunista a Europa y allì trabajaba como intérprete de las delegaciones latinoamericanas”.

Tamara Bunke, por supuesto, pasó a la historia como Tania, la guerrillera que murió en Bolivia combatiendo junto al Che.

A medida que la tarde avanza y los termos de mate se acaban, Helman me sigue relatando episodios de su trayectoria militante. Que se mudó a Mendoza, que allí,como secretario de la FJC, organizó una brigada llamada Fidel Castro y que una vez interceptaron un camión de supermercado lleno de víveres y los repartieron entre la gente de la villa que estaba pasando hambre. “Al otro día salimos en Los Andes, página entera, ‘un acto de bandidaje’ dijeron”.

Con los ojos bien abiertos, asombrado, con el cuerpo en Viareggio pero la cabeza en cualquier otro lado, me pregunto mientras escucho: ¿Cómo hubiera sido yo en los ‘60? A veces pienso en esa época: ¿Cómo será sentir que realmente podés cambiar el mundo? ¿Me hubiera animado a empuñar un arma?

“Entonces, debido a las muchas divergencias que teníamos con los principales dirigentes, decidimos con mi mujer dejar el partido -me devuelve a la realidad Alfredo sin saber que hace 10 minutos que, perdido en mis disquisiciones, he dejado de seguir el hilo de su relato. “Pensamos que lo primero era tomar contacto con Cuba y tratar de hablar con el Che”.

En ese momento, a inicios de los ‘60, la creencia extendida de vastos sectores de la izquierda argentina, dividida y fragmentada, era que sólo Ernesto Guevara tenía la autoridad suficiente para erigirse como líder indiscutido y unificador de la revolución que habría de hacerse en el país. Existían, por supuesto, decenas de aspirantes a Fidel de las Pampas, pero no inspiraban confianza más a que sus grupúsculos y sus propios amigos…

Así es como, me sigue contando, Helman se marcha con su mujer a La Habana con pasaportes falsos, pasando por Praga para despistar a los espías occidentales y organiza allí, con otros militantes argentinos y con el auspicio del gobierno comunista, un grupo político-militar. En la dirección del movimiento, junto a él, estaban entre otros Marcos Osatinsky (luego integrante de Montoneros, asesinado en 1975 por la triple A) y Miguel Alejo Levenson (fundador de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, FAR).

En ese momento, entre los tantos argentinos que estaban en Cuba fogueándose en la práctica revolucionaria, el gran dilema era el siguiente: ¿En qué lugar debe colocar la izquierda a Perón? Para algunos, como Gustavo Rearte o él mismo, el papel del líder exiliado debía ser central: tenía que regresar a Argentina, así como también el Che. Otros, en cambio, matizaban esa caracterización. En el grupo también habían algunos sobrevivientes de la frustrada guerrilla comandada por Jorge Ricardo Masetti que se había internado en la selva salteña, en 1963.

Lo único que unía a los revolucionarios argentinos de diferentes vertientes y pensamientos políticos que estaban en Cuba era la fidelidad al Che y el deseo de reunirse con él para iniciar un movimiento insurreccional en su país. Pero el final de la historia fue muy abrupto: el 9 de octubre, en La Higuera, un pequeño soldadito acabó con la vida del comandante. “No tengas miedo, vas a matar a un hombre”, le dijo Guevara, atado a una silla, antes de recibir el disparo mortal.

“Ninguno de los grupos que en Cuba se preparaban para el combate logró reunirse con él. Nos volvimos a la Argentina, nos volvimos derrotados”, recuerda Helman mientras recarga la yerba, y entonces me es inevitable bajar la mirada.

Con el tiempo, la herida sana. Alfredo y su familia se exiliaron, llegaron a la costa Toscana, continuaron militando, organizando eventos, intentando, a su manera, que el mundo se convierta en un lugar un poco más justo. Él disfrutó mucho a sus hijos y a sus nietos.

Pero la pregunta quedó allí, flotando, evanescente siempre pero definida…

“Y si por un milagro el Che resucitase y nos volviese a llamar…¿Qué haría este viejo que ya cuenta 84?”

Él mismo se responde.

-Creo que iría corriendo a combatir con él. Es verdad que me gusta estar vivo y que me alegro de ello, pero también es cierto que la amargura queda. Los sabios lo llaman contradicciones del alma humana.

“Es una más de las que me persiguen…”.

2019-03-26T20:57:21+00:00