KM 2416: El tesoro oculto de Florencia

“Pues debéis saber que todas las especias, telas de seda y oro son traídas a esta ciudad. Y los mercaderes de Venecia, Génova y otros países se dirigen hasta allí…”, El libro de las maravillas del mundo, Marco Polo.

En el barrio de San Frediano, a unas cuadras del centro de Florencia, existe un lugar en el que se trabaja la seda a la manera de la Edad Media, con un telar diseñado por el mismísimo Leonardo Da Vinci.

Entrar allí, al Antico Setificio Florentino (ASF), poner sólo un pie en su patio cercado por naranjos y escuchar el ruido del metal y la madera, es retroceder 400 años en el tiempo, a una época floreciente en que los artistas y artesanos ocupaban el lugar que luego asaltaron las cadenas de montaje.

Cuando lo hago, y me imagino en una ciudad en que los comerciantes vocean sus productos en la plaza, de día y también a la luz de las velas, Briza me trae de vuelta a la realidad. La encargada de comunicación de la fábrica me invita a pasar a una sala enorme y otra vez ingreso en un mundo paralelo: sedas de las más fina calidad, las mejores del mundo, elaboradas manualmente, rojas, amarillas, verdes, en sofás, en almohadones, en ropa de cama; sedas, sedas y muchas más sedas que fulguran ante mis ojos.

Es como una explosión para los sentidos.

“Esta fábrica funciona hace cientos de años y es aquí donde se elaboran algunas de las prendas más lujosas del mundo”, me explica. Me da una revista, con papel de la mejor calidad, y con imágenes de lugares suntuosos en los que la seda señorial de ASF se ofrece brillante a las miradas, al lujo, al fasto.

Por ejemplo la suite presidencial del hotel Four Seasons de Florencia, el Villa Cora, la Maison Souquet, los yates Benetti, Mondo Marine. También la Vila Médici en Roma y algunos de los tronos exhibidos en el Kremlin…

“Sin embargo -dice- el corazón de la fábrica es el telar diseñado por Leonardo da Vinci, que fue construido en 1786”.

En total, son ocho las personas que producen cada día entre bastidores para elaborar los productos que luego disfrutarán los más distinguidos habitantes de este planeta, aquéllos que tendrán la suerte de recostarse sobre un respaldo hecho de una fibra que primero fue hoja de morera, luego reptar de gusano y al final manos trabajando en una máquina que se pensó hace más de cinco siglos.

La seda se produce en Florencia desde el siglo XIII, pero llegó a Europa muchísimo tiempo antes. Séneca, uno de los grandes sabios de la historia de Roma, solía quejarse hace más de 2.000 años de que las costumbres de los habitantes del Imperio se estaban degenerando por culpa de esa fibra llegada desde China que nadie sabía muy bien cómo se producía.

Cómo es que ahora las mujeres eligen vestirse con esas telas finas, casi transparentes, que no dejan casi nada librado a la imaginación y que realzan sus voluptuosas figuras, al punto de que olvidan su decencia y parece que van casi desnudas, se preguntaba el filósofo.

Plinio el Viejo lo secundaba, pero su queja iba por otro lado: ¿Dónde se ha visto que tantos de los impuestos que recauda el Imperio se fuguen así, sin más, hacía ese vasto y misterioso territorio de Oriente sólo porque algunos señores quieren presumir de su vestimenta y de la de sus esposas? “Defendamos nuestra industria textil del made in China”, podría haber clamado el escritor si hubiese nacido en el Siglo XXI…

Lo cierto es que, más allá de las quejas de los moralistas adoradores de las togas, la seda, invencible, atractiva, refinada, se forjó su camino por derecho propio, determinando, con el ciclo vital de los gusanos, la economía de muchísimas ciudades de Europa.

Florencia, una urbe primorosa, debe mucho de su pompa a la seda que provenía desde China, así como hoy las lujosas prendas que engalanan hoteles de lujo y que nacen del ASF se producen con material que llega desde Brasil. Los famosos pintores renacentistas Piero Della Francesca y Jacopo da Pontormo, por caso, retrataban a las mujeres de la nobleza envueltas en sus vestidos de exotismo oriental.

Crédito: página de ASF

En ocho horas de trabajo, cada uno de los artesanos que trabaja la seda con el telar de Leonardo puede conseguir sólo 40 centímetros de fibra. Así, con ese ritmo lento y pausado, punto tras punto en la elaboración, el ASF fabricó los atuendos utilizados en el celebrado film “Il Gattopardo”, así como los que solían vestir Maria Callas y Nelson Mandela.

“Pronto apareceremos en nuevas películas, y con alguna gente muy famosa. Pero eso no te lo puedo contar: será una sorpresa”, me deja Briza con las ganas de tener una primicia, ya en el fin de nuestra conversación.

Así como la encargada de comunicación, todas las trabajadoras de ASF son mujeres, excepto su dueño, Stefano Ricci, que compró la fábrica en 2010. “Madres e hijas llegan aquí desde escuelas de tejeduría y son entrenadas por seis meses” le dijo el año pasado al New York Times. “Es la única forma de mantener viva la tradición”.

La gran diferencia entre el telar que diseñó Leonardo y los que existían antes que él radica en el mecanismo utilizado para curvar los tejidos. En 1495, el sabio renacentista realizó un estudio sobre una rueda giratoria que podía usarse para lograr las curvaturas: el boceto es acompañado por cálculos y variables. Tres siglos después, lo que estaba sólo en papel se convirtió en realidad.

Entre los diferentes tipos de tejidos de seda que se producen en el ASF, los más deslumbrantes son Ermisino (“una cascada de luz”, la describen en la fábrica), Damasco (siempre debe ser floral), Lampasso (suelen ser adornados con oro y plata) y Filaticcio (“discreta soberbia y cálida lujuria”).Cada uno de estos paños, además, posee sus subdivisiones: Damasco Vienna, Damasco Uccellini, Damasco Doria Shappe, etc.

Luego de hablar con Briza, de oler las sedas, llenarme con sus tonalidades y disfrutar de sus texturas, salgo de la sala, cruzo el patio de los cítricos y de nuevo estoy en la calle. A pocas cuadras, cientos de turistas chinos hacen fila para su foto en el Ponte Vecchio. Florencia es una ciudad mágica, un museo a cielo abierto que oculta, en cada centímetro de su suelo, historias infinitas, incesantes urdimbres del tiempo que se entrelazan, dan origen a nuevas formas, se reúnen y emergen, o tal vez se esconden de nuevo.

Pacientemente urdidas, como un almohadón de seda que primero fue capullo y luego hilos, todas van saliendo a la superficie.

2019-03-26T20:50:50+00:00