KM 2694, ROMA: No se hagan los rulos…

En esos días, para mí, todo pasaba por el pelo. Una semana antes, en Florencia, un peluquero marroquí no había entendido mi español, esa lengua refinada y llena de matices con la que yo le decía “sólo un poquito”, y había decidido con sus colegas -porque varias manos y varias tijeras pasaron por mi cabeza- que era hora de un cambio total.

Los rulos y el cabello largo, casi hasta el hombro, que por años se habían convertido en mi sello distintivo desaparecieron casi como por arte de magia en menos de media hora. De repente, las orejas quedaron a la vista y el eterno adolescente se convirtió no en un hombre de negocios, sino en un futbolista árabe, con unos pequeños mechones cayendo sobre la frente y el vació en los parietales, en la nuca, en el corazón. Me resigné a mi destino, agradecí el trabajo y me consolé pensando que, al contrario que Sansón, yo no había perdido la fuerza, aunque probablemente sí mucho del antiguo charme.

Perdido en estas disquisiciones estéticas me encontraba, paseando por Roma, la ciudad eterna, cuando me topé con una exposición. En la puerta, una gigantografía de Caracalla, uno de los grandes emperadores del siglo I d.C

 

Me quedé observándolo, claro, y debo decir que, ensimismado en mis ensoñaciones capilares, no me llamaron la atención ni su pose, ni su imponente estirpe, ni su toga y tampoco su espada. No: sólo miré su rostro, su peinado y, más precisamente, sus rulos. Los tenía bien cuidados, pensé, porque esa mañana yo parecía aquellos solteros que miran con pesar a las parejitas tomadas de la mano, y al instante se me vinieron a la cabeza otras imágenes de emperadores de pelo enredado. Luego chequeé nombres: Augusto, Adriano, Septimio Severo, Cómodo, Marco Aurelio…

La pregunta emergió sin que nadie la busque entonces: ¿Por qué tantos emperadores romanos tenían rulos? Y más aún: ¿Por qué los rulos eran muchísimo más comunes entre los romanos que lo que son hoy entre los italianos? Por supuesto que, aunque la historiografía dominante se preocupe más por batallas que por peinados, tenía que haber una respuesta a tan apremiante cuestión….

Por empezar, la primera aproximación es simple. Por más que en la escuela nos hayan inculcado la idea de que el Imperio Romano se reducía al Coliseo, el Foro y todas las instituciones circundantes a Roma, lo cierto es que su extensión abarcaba desde España hasta Turquía y varias de sus ciudades más importantes se encontraban en Túnez, Eslovenia o Rumania.

Así, en Roma, como en las capitales del mundo de la actualidad, no sólo vivían romanos, sino ciudadanos de todo el imperio. Y varios de los emperadores habían nacido también en las “periferias”. Septimio Severo era de Libia, Maximino de Bulgaria, Alejandro Severo del Líbano, Macrino en Argelia. Equiparar romanos a italianos, por eso, se cuenta como un craso error.

Segunda consideración: la imagen de los emperadores era una herramienta fundamental a la hora de transmitir autoridad y respeto (y también, en un imperio que le dio tanta importancia a la belleza y la estética, en mostrarse ante la historia). A veces, creemos que todo se inventó estos días, pero el “marketing político” existe probablemente desde el momento en que el hombre empezó a organizarse en ciudades. En vez de Twitter había escultores, pero el objetivo era más o menos igual.

Cada época del Imperio, cada dinastía de emperadores, se caracterizó entonces por un estilo diferente y los peinados -y sus significados- fueron variando a lo largo del tiempo. Si un corte estaba a la moda, le otorgaba poder a su portador; si se mostraba anticuado, en cambio, éste podía hasta ser discriminado por el resto de la sociedad.

En ese sentido, para las mujeres romanas el cabello siempre fue un símbolo de distinción. Mientras más complejo y exuberante fuese el peinado, mayor el status social de su portadora, porque significaba que ésta podía pasar el día entero en el salón, despreocupada de cualquier otro asunto mundano, pagarle una suma ingente a la estilista y lucirse luego en las anchas avenidas de la ciudad. El escritor Plinio el viejo, incluso, se quejaba: “Cómo puede ser que pierdan tanto tiempo, energía y dinero ocupándose sólo de sus cabelleras”.

Es interesante, además, notar cómo ciertos peinados se consideraban exclusivamente femeninos, mientras que otros se reservaban para los hombres. Podemos observar incluso con lupa cada uno de los bustos de todos los emperadores romanos y jamás veremos una raya al medio, lo que sí aparecerá en los retratos femeninos. La barba, por su parte, era un atributo que raras veces se dejaba ver en las esculturas masculinas; esto se debe a que no estaba bien vista en la sociedad.

Ir al peluquero para los hombres romanos se consideraba todo un rito (no hace mucho tiempo, en la Edad Media avanzada, los barberos eran equiparados a los médicos). Y tener mucho cabello se reputaba como una señal de hombría y virilidad. Uno de los grandes problemas de Julio César era su calvicie, que lo atormentaba a más no poder. En varios retratos, de hecho, se lo puede apreciar con una corona de laureles cubriendo su cabeza: esto se debía mucho menos a su premeditada magnificencia que a su deseo de ocultar su notable frente vacía…

En ese sentido, y aproximándonos al meollo de la cuestión, es que los rulos eran considerados un gran atributo. Tener rulos significaba tener mucho pelo, y tener mucho pelo significaba estar a la altura de desempeñar un cargo de poder. El famoso semiólogo francés Roland Barthes, en su libro “Mitologías”, dedica todo un capítulo a la forma en que el cine representa las frentes de los emperadores romanos, anchas y siempre sudorosas, como una forma de simbolizar la grandeza y al mismo tiempo la abnegación.

El primer emperador con rulos fue Nerón (desde el 54 al 68 d.C; raramente, también llevaba barba). Tras él, el estilo se impuso y el “curly hair” se volvió la norma en Roma por varios años. Luego, la moda, como pasa también en nuestro tiempo, impuso otras novedades y con Trajano el cabello alisado y cubriendo la frente, tendencia primavera/verano 98 d.C, se convirtió en «lo top de lo top». Los regentes pasaban, se sucedían uno tras otro, muchas veces por medio de conjuras y asesinatos, y con ellos también cambiaban los peinados…

Sólo observando sus cortes de pelo, varios historiadores pueden determinar en qué período histórico reinó cada emperador. Espero que, en cientos de años, si alguna de mis fotos en Roma sobrevive a la erosión del tiempo, no intenten sacar ninguna conclusión conmigo, porque no tendrán forma de saber que, en realidad, todo se debió a una confusión. Mejor me pongo un gorrito y sigo caminando; no vaya a ser que la policía de Salvini me confunda con un mauritano, un sirio o un libanés…

2019-03-31T13:24:29+00:00