KM 3619, LIPICA: Aquellos caballos blancos (Parte I)

Si los lipizzanos pudiesen hablar, entonces nos contarían mejor que cualquier humano la historia de Europa y del mundo en los últimos 400 años.

Desde el Siglo XVI, estos elegantes, altivos y nobles caballos detentan un papel protagónico, a veces con su distinguido porte, otras con su triste andar, en todas aquellas situaciones que contribuyeron a moldear el mundo tal como lo conocemos: invitados especiales a ceremonias suntuosas, víctimas de guerras terribles, sus ojos y sus crines han conocido las bambalinas del poder, el trasfondo de las glorias humanas, las miserias, cavilaciones y bienaventuranzas de la raza que los creó.

Porque la historia de los lipizzanos se remonta a la Alta Edad Media, cuando los Habsburgo, emperadores de Austria, decidieron que querían obtener por medio de la cruza de recias yeguas con portentosos sementales la más noble raza equina conocida hasta ese momento. Un animal que prestigiase en su galope al señorial Imperio, que lo constituyese, lo representase y, al mismo tiempo, le diera forma.

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LA CASA DE AUSTRIA

Fue en 1580 cuando el príncipe Carlos II compró el pueblo esloveno de Lipica (pronunciado Lipizza), muy cerca de Trieste, en Italia, y lo convirtió en un gigantesco establo. Hacia allí trasladaron los mejores sementales españoles, árabes y bereberes y los cruzaron con las más distinguidas yeguas andaluzas. El objetivo era muy simple y claro: dar forma, con repetidos experimentos de selección y cruza, a un equino que sirviese de cabalgadura de reyes y emperadores; un animal que se convirtiese en símbolo de vigor y gracia, de lealtad y ambiciones, el mejor caballo jamás creado.

El lipizzano, así, debía ser, al mismo tiempo, un caballo capaz de desfilar erguido por las calles de cemento de Viena, de bailar con la música de Chopin y de trotar presuroso si la batalla lo requiriese: grácil, adaptable, aristócrata y selecto. La criatura perfecta, el corcel soñado.

La “dinastía lipizzana” se inició así a partir de seis legendarios sementales, llamados Pluto, Conversano, Maestoso, Favory, Neapolitano y Siglavy. A ellos se sumaron luego otros dos “pater familia”: Tulipan e Incitato. Los más de 10.000 lipizzanos que existen hoy en en el mundo descienden de aquellos “ocho históricos”. Todo lipizzano que se precie de ser tal debe llevar en su nombre la señal de descendencia que lo distinga del resto de los equinos, su pedigree, la marca de sus antepasados, su alcurnia.

Cada lipizzano tiene su pedigree que indica su descendencia (foto propia).

 

Con el tiempo, gracias al trabajo de palafreneros, veterinarios, genetistas y hombres de ciencia, la raza lipizzana se fue volviendo cada vez más y más distinguida. En ello, colaboró sin dudas la flexibilidad extraordinaria que estos animales empezaron a poseer a partir de la decimotercera vértebra, lo que les confería una habilidad particular para la levada, es decir la elevación sobre sus miembros posteriores, luego inmortalizada en tanto cuadros, esculturas y monumentos a lo largo de todo el planeta.

Incluso, la inclinación a las crines blancas fue artificial: a partir de algunos ejemplares que desarrollaron un pelaje claro, los especialistas en la cruzas fueron reforzando poco a poco ese patrón genético, hasta volverlo casi la señal distintiva de los corceles de Lipica (por más que muchos lipizzanos continúan naciendo con pelaje oscuro).

El periodista Frank Westermann describe en su magnífico libro “El fin de los caballos blancos”: “Desde aquellos inicios en Eslovenia, el lipizzano se convirtió en el caballo por excelencia, la raza más cercana a los bastiones del poder humano”. Y agrega: “Los lipizzanos se hacían presentes en coronaciones y ceremonias por todo el mundo. En 1980, al participar de la ceremonia de juramentación de Ronald Reagan, la raza llevaba ya cuatro siglos ininterrumpidos de refinamiento”.

Ronald Reagan en su lipizzano Maestoso Bianca (fuente: www.lipizzan-online.com)

En sus momentos de mayor esplendor, a lo largo de todo el reinado de los Habsburgo, el Imperio Austríaco llegó a tener 600 caballos. Los mejores eran enviados todos los veranos desde Lipica hasta Viena, recibían cobijo en palacio y comían en pesebres de mármol. Se necesitaban 12 años para formar un lipizzano en doma clásica; luego, se exhibían bailando Handel y Strauss ante la admiración de la elegante burguesía centroeuropea en la famosa Escuela Española de Equitación.

PRIMERA GUERRA Y DESPUÉS

Sin embargo, tanto el refinamiento vienés como los buenos modales un día llegaron a su fin. La tormenta europea, que se había estado preparando y postergado por décadas, finalmente se precipitó y el primer aguacero fue en Sarajevo. Las nubes y el humo de los morteros entonces opacaron por cuatro años el cielo y los pastizales fueron quemados por las bombas.

Antes de la Primera Guerra Mundial, el Imperio Austrohúngaro contaba entre sus dominios buena parte de los Balcanes, el Tirol italiano, Rumania, el oeste de Ucrania, Polonia y Checoslovaquia. Cuatro años después de aquel disparo de Gavrilo Princip, que dio inicio al conflicto, ese inmenso feudo centroeuropeo había dejado de existir.

La pequeña Austria que emergió de la guerra, perdedora en el gran concierto de obuses y cañones, no estaba en condiciones de quedarse con los caballos. Los lipizzanos se convirtieron así, a partir de 1918, en adornos del altar de nuevos dioses muy diferentes de aquéllos que los habían creado.

La diáspora de lipizzanos alcanzó a toda Europa. Los nuevos líderes emergentes, conscientes del simbolismo y el status que estos animales otorgaban a sus dueños, reclamaban para sí varios ejemplares. Se creó entonces una Comisión Internacional para la Repartición de Lipizzanos: se los ubicaba dependiendo de su pedigree, de intereses políticos, de la “solvencia” de sus potenciales amos. Italia, por caso, se quedó con 109 caballos, con los que Benito Mussolini fundó luego su propia yeguada.

LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

A Adolf Hitler nunca le habían gustado los caballos. Prefería los perros.

Pero con los lipizzanos lo unía un afecto especial. Por un lado, el arte señorial de los corceles enlazaba perfectamente con el culto al cuerpo que propugnaba para su Alemania aria. Por otro lado, el color de su pelaje, blanco, caía como anillo al dedo en sus ideas de superioridad caucásica. Pero, principalmente, el hecho de que la más gallarda raza de equinos hubiera sido creada por el hombre le otorgaba, a él y a los biólogos del Reich, un argumento perfecto en favor de la selección artificial a la hora de mejorar la especie.

Durante varios años, desde el fulgurante ascenso hasta la estruendosa caída del nacionalsocialismo en Alemania, Gustav Rau, uno de los hipólogos más famosos de su tiempo, se propuso obsequiar al Reich con el “équido militar perfecto”. Para eso, desarrolló diversos experimentos raciales, que conducían a mejorar la raza hasta crear un “súper-lipizzano”, una criatura que hiciese parecer a los otros corceles simples burros de carga: “Este animal tendrá el corazón y el temperamento de un purasangre, la musculatura de un caballo mediano de sangre fría, cascos resistentes al desgaste, pecho ancho y una extraordinara condición física basada en una dieta de hierba y heno”.

No había terminado Rau de recoger la sega cuando, otra vez, estalló la guerra y las muertes se convirtieron en la cotidianeidad de Europa. Para ese momento, debido al deseo de los líderes nazis de dotar a Alemania de la antigua pompa señorial austríaca, los lipizzanos eran considerados casi como una prioridad estatal, pero, otra vez, quedaron en el medio de los cañones.

Para ese momento, claro, Eslovenia no formaba parte de Austria, como cuando los lipizzanos se habían “inventado”. La mayoría de los caballos alemanes, por eso, se encontraba en un establo ubicado en la región de los Sudetes, al este de Alemania y en la frontera con Polonia y lo que entonces era Checoslovaquia. Lipica, y su yeguada, pertenecían a los dominios del rey yugoslavo, que también se enorgullecía de los corceles que poseía en Macedonia.

Alois Podjhaski era, en ese momento, el director de la Escuela de Equitación de Viena, la Viena alemana, y había ganado la medalla de bronce en el “dressage” de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. Preocupadísimo por el futuro de los lipizzanos, esos nobles equinos que engrandecían la nación aria, convenció al mando supremo de Berlín de que los mejores palafreneros no debían acudir al frente. Conquistar territorios era importante, claro, pero no por eso uno podía olvidarse del cuidado y atención de los magníficos caballos blancos.

Pero Alemania perdió la guerra. Los alemanes de los Sudetes debieron marcharse en vagones para ganado. Y los soviéticos se empezaron a acercar a la zona. Entonces, se produjo uno de los episodios más asombrosos de la historia de Europa y probablemente del mundo: “La operación Cowboy”, para salvar a los nobles corceles de las temibles “garras rojas”…

Esta historia continuará…

2019-04-24T20:41:15+00:00