KM 3619, LIPICA: Aquellos caballos blancos (Parte II)

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LA OPERACIÓN COWBOY

La “Operación Cowboy” fue tan famosa que incluso Walt Disney, con los años, realizó un largometraje sobre el episodio. Se llamó: «The miracle of white stallions».

La guerra estaba perdida para Alemania y los soviéticos se acercaban a los Sudetes, donde el Reich alojaba su más importante tropilla de lipizzanos. El temor era intenso. Unos días antes, 22 sementales que estaban en poder de los fascistas húngaros habían sido trasladados desde Budapest a la estepa de Occidente, para que los rusos “no se comieran su carne”, o “no los usaran -pobre y castigada raza noble- como bestias de carga”.

Pero el Ejército Rojo alcanzó la columna de caballos y soldados húngaros a sólo una hora de la frontera con Austria: de los 22 lipizzanos, 18 se mostraron reticentes a aceptar órdenes y fueron ejecutados. Cuatro acabaron tirando carros de municiones. “Si los dejamos quedarse con los corceles de los Sudetes, éstos terminarán igual que aquéllos: con sus huesos y sus herraduras debajo del lodo”, temían los jerarcas nazis y estadounidenses, unos derrotados y otros victoriosos pero ambos recelosos de los rusos, y también más preocupados por los équidos que por las personas.

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El general estadounidense George Smith Patton, entonces, tras deliberarlo largamente con Podjhasky, se decidió a ejecutar una de las acciones bélicas más temerarias y sorprendentes de la historia. Por una vez, por una sola y única vez, el poderoso, vencedor y bien pertrechado ejército estadounidense cruzaría sin permiso al lado soviético de la línea de Yalta. ¿El objetivo? Rescatar los caballos antes de que el Ejército Rojo llegase hacia ellos.

Norteamericanos, británicos y soviéticos, tras derrotar a la Alemania hitleriana, se habían repartido el mundo en zonas de influencia. El Este de Europa, a partir de la línea demarcatoria de Yalta, le “pertenecía” a Stalin. Los Sudetes quedaban para la URSS. Los lipizanos también. Había que salvarlos del comunismo a ellos, los más insignes representantes de la aristocracia centroeuropea. Nazis y estadounidenses se unieron entonce en el rescate.

En 1912, Patton, como Podjhasky, había participado de unos Juegos Olímpicos, los de Estocolmo, y había finalizado quinto en Pentatlón Moderno. Por intermediación de dos ex atletas, uno que negoció en forma secreta con su vencedor y el otro que vulneró un importantísimo acuerdo internacional, se envió entonces un batallón del ejército de Estados Unidos a la localidad de Hostau, donde se encontraba la yeguada, y los lipizzanos fueron trasladados a Alemania y salvados de los “salvajes comunistas”, que nada entendían de pompa y distinción.Resultado de imagen de general patton

“Patton puso en peligro muchas vidas humanas por una manada de caballos”, señala Westerman en su libro. Y por tan imprudente y audaz acción, tuvo luego su recompensa. De la yeguada de Piber/Hostau, Podjhaski (la historia lo caracterizó luego como “el buen Nazi”, por su salvataje equino) eligió 205 para Austria. El Ejército de Estados Unidos se quedó con 14. Y el premiado general, héroe en el campo de batalla, se llevó a su establo al regio semental Pluto XX, que antaño había sido el orgullo de los criadores húngaros.

EL DESPUÉS, HASTA HOY

A la hora de repartirse los lipizzanos capturados a la Alemania derrotada, sin embargo, al igual que había sucedido tras la Primera Guerra Mundial, afloraron los nacionalismos, los resentimientos, y todos los líderes mostraron sus garras. El Mariscal Tito razonaba: “Estos caballos nacieron en Eslovenia, y Eslovenia ahora forma parte de Yugoslavia; ergo, los corceles son nuestros”. Italia, vencida, pero belicosa, respondía: “Nosotros también queremos: de 1919 a 1943, Lipica fue un establo nuestro…”.

Al final, los lipizzanos se repartieron entre distintos líderes, de acuerdo, otra vez, al interés mostrado, a los acuerdos geopolíticos alcanzados, a los pactos y a las circunstancias del momento. El rumano Nicola Ceausescu y su esposa, Elena, se jactaban de lo imponente de su yeguada. Tito estaba enamorado de su tropilla y solía obsequiar un lipizzano a cada uno de los jefes de estado con los que mantenía productivos intercambios: a la Reina Isabel le obsequió una yegua llamada Stana, también hubo “regalos de cuatro patas” para Gamal Abdel-Nasser, de Egipto, y Pandit Jawāharlāl Nehru, de la India.

Fuente: Slovenia-trips.com

En 1955, incluso, el líder yugoslavo le obsequió al emperador etíope Haile Selassie 30 yeguas de cría, para construir su propia yeguada imperial en Addis Ababa, aunque el experimento tropical terminó de la peor manera. Los propios checos recuperaron algunos de los ejemplares de los Sudetes y crearon su propio espectáculo de danza equina, una especie de Escuela de Viena versión obrera. Los lipizzanos que quedaron en el Oeste del mundo terminaron convirtiéndose en asiduos invitados a los Estados Unidos, cuya población adoraba los corceles danzantes llegados de la vieja, nostálgica y devastada Europa.

El mismo año en que Tito obsequió las yeguas a Selassie, 10 años después del fin del mayor conflicto bélico de la historia de la humanidad, Austria finalmente recuperó su soberanía y reabrió sus dos instituciones más representativas, símbolos y emblemas de aquella vívida “Belle Epoque” del siglo XIX: :el Teatro de la Ópera y la Escuela Española de Equitación. “Hoy por fin acaba la guerra para nosotros”, tituló el Neur Kurier el 25 de octubre, día de las celebradas reaperturas.

Escuela de Equitación de Viena


A finales del Siglo XX y principios del XXI, como si no hubiera sido suficiente trajinar, los lipizzanos volvieron a quedar atrapados en medio de un conflicto, uno más en la larga lista de guerras en las que los humanos, sus creadores, tomaron parte. Tito había inaugurado varias caballerías a lo largo de toda la ex Yugoslavia (en Croacia, en Bosnia y Herzegovina) y durante la desintegración de la república balcánica, los corceles se vieron de nuevo en medio del fuego cruzado.

Fotos de lipizzanos decrépitos, cas derruidos, con los huesos salientes y la piel ruinosa, inundaron los periódicos de Europa y Estados Unidos. Las agencias internacionales de noticias se horrorizaron: ¿Qué tienen que ver los caballos en los conflictos humanos? ¿Por qué deben hacerse cargo de nuestros odios? La caballería de Lipik, versión croata de la eslovena Lipica, recibió bombardeos, fue abandonada. Los magros corceles, otrora majestuosos, de nuevo se convertían en víctimas de la barbarie humana.

La guerra terminó (¿La última en la historia lipizzana?) y, aunque muchos caballos y yeguas murieron, tantos otros se terminaron salvando. La caballería de Lipik reabrió sus puertas y también la de Dakovo, en Eslavonia, en donde por primera vez en mi vida observé estos maravillosos ejemplares, testigos silenciosos de la historia humana, mártires y beneficiarios al mismo tiempo de lo mejor y lo peor de nuestra raza, resistentes pasajeros del tiempo.

“Acariciar un lipizzano es acariciar la historia”, sentencia Westerman. En Europa acaricié la historia.

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TODO ESTE TEXTO, ASÍ COMO LA PRIMERA PARTE, LE DEBE SU FACTURA AL MARAVILLOSO LIBRO “EL FIN DE LOS CABALLOS BLANCOS”, DE FRANK WESTERMAN. CASI TODA LA INFORMACIÓN ESTÁ EXTRAÍDA DE ALLÍ.

2019-04-26T15:55:54+00:00